lunes, 18 de junio de 2007

SIETE AÑOS

El largo calvario deportivista de 2007 guardaba un guiño final en medio del caos y la crispación en la que se ha sumergido el club. La peor temporada desde la que devolvió al equipo a Primera después de casi veinte años pliega las velas lejos de Riazor, pero ante uno de los conjuntos que mejores recuerdos despierta entre la parroquia blanquiazul: el Espanyol. Hace siete campañas el Dépor también terminaba el curso frente a los catalanes, pero la situación era muy diferente ya que por entonces los coruñeses se jugaban y conseguían el título de Liga. Desde entonces, se ha vivido un ciclo dorado e histórico que ha acabado degenerando en la actual crisis institucional y en algunos nubarrones deportivos. Sin embargo, el gesto simbólico de este último partido intrascendente no alcanza sólo al propio conjunto blanquiazul sino también al ejemplo que puede encontrar en su contrincante.

El Espanyol sólo tenía en liza un posible maletín blaugrana aquel 19 de mayo de 2000. Su mira estaba puesta una semana después en la final de Copa que le enfrentaría al Atlético de Madrid. Levantó el trofeo. Desde entonces los pericos han vivido entre glorias y sustos, pero llevando una línea más o menos coherente y razonable. Sin delirios de grandeza ni errores depresivos. Para tomar nota.

A pesar de pertenecer a una ciudad de millones de habitantes, el Espanyol es un equipo modesto y de afición muy limitada. La sombra del Barça y su representatividad casi impuesta por decreto complica la existencia de una entidad que supo responder a las dificultades con integración y proyecto. Por un lado, y en vez de optar por la bronca permanente contra el evidente desnivel en los apoyos oficiales a favor de su rival culé, construyó pequeños puentes por los cuales pudieran discurrir algunas ayudas. Asimismo, en vez de exponer a su hinchada a la división constante, gestos como la catalanización del club sirvieron de vínculo integrador para sectores que por motivos sociales o políticos miraban con desconfianza al club españolista. Pero es en lo deportivo donde la línea de actuación perica encontró su mejor aliado. Conscientes de los peligros financieros, apostaron por la cantera. De forma silenciosa pero efectiva. Sin necesidad de proclamar a los vientos supuestas terceras lecciones ni nada parecido, el Espanyol ha ido cimentando la mejor base de toda la Liga junto a la del Sevilla y por encima ya de las vascas, con mayor tradición en ese terreno. De allí han salido Capdevila o Sergio, por poner los ejemplos más cercanos. También Raúl Tamudo, el símbolo eterno y máximo goleador histórico del club. Respetado por la grada pero también por las altas esferas. Nadie lo imagina saliendo por la puerta de atrás, lo que sería su desgraciada salida natural de ser el jugador franquicia de su rival de esta noche, según marca la historia deportivista más reciente.

El año pasado, el Espanyol ganaba otra Copa del Rey. Hace un mes rozó la Copa de la UEFA aunque cayó en los penaltis ante el Sevilla tras una final ya legendaria. En medio de esos éxitos, temporadas estupendas por la zona europea y otras de agonía hasta el final salvando la categoría en el último minuto. Lo que corresponde a su nivel. Y encarando el porvenir con ilusión y un nuevo estadio. Sin vivir de rentas. Creyendo en el futuro más allá del orgullo de siete años.

1 comentario:

Señor respetable con sombrero y bigote dijo...

Esperamos como agua de mayo un artículo sobre la mayor alegría deportivista de este año... (a segunda, oeee...)