viernes, 4 de mayo de 2007

EL EFECTO NADA


Enviar al receptor un mensaje limpio y fácil es uno de los clichés básicos de la información de trascendencia menor, como es, aunque no siempre, la deportiva. Esta evidencia genera dos caras contradictorias. Por una parte se ha creado una charcutería de tópicos y perogrulladas infantiles; por la otra se ha encontrado la libertad necesaria para explorar a fondo los golosos terrenos del periodismo creativo. Como consecuencia equidistante de esto surgen multitud de titulares que buscan un término rápido pero llamativo con el que explicar la más mínima razón futbolística. Hasta llegar al hartazgo. Por ejemplo, de forma continua se habla del “efecto”. A él se le añade un nombre. Pero casi nunca significan lo mismo. Y lo que es peor, la mayoría de las veces ni siquiera existe el manido efecto.

El último y más cacareado efecto se localizó en Vigo y llevó el nombre de Stoichkov. Se acudió en él en base a las leyes del balompié moderno, que tiene mucho de mediático pero poco de fútbol. Sacudido por la cercanía del pozo, el Celta contrató a un ex jugador de primer nivel que nada había demostrado aún en los banquillos. Pero se creía que su carácter y la ilusión popular que despertaba su llegada bastaría para ahuyentar el yugo del descenso. Los defensores de esa teoría sacaron pecho por una victoria sin alardes ante un Dépor que pisó Balaídos vencido. Dos partidos después, el equipo vigués ha alcanzado su mayor cota de apatía y derrotas. Todo lo contrario a lo que se intuía con la llegada de Stoichkov, que más que efecto ya se perfila como espejismo.

A otros técnicos con una carrera muy superior a la del búlgaro también se les supone un efecto. Al del Dépor, por ejemplo. Antes de la nefasta semana del derbi en Vigo y la semifinal de Copa, todas las previsiones hacían referencia al peligro del efecto Caparrós. Se basaba en que la rabia e intensidad vital del utrerano convertiría en guerreros espartanos a sus chicos ante el horizonte de una difícil batalla. Pero nada. Otro efecto inútil. Pocas veces se ha visto a un Dépor con tan poca garra como en esos dos choques.

En lo alto de la tabla también se dan estos curiosos fenómenos. El Real Madrid recuperó en verano todas sus imperiales aspiraciones con el efecto Capello como epicentro del resurgir. En teoría, su mano dura mussoliniana devolvería a los blancos a la gloria después de años de libertinaje destructivo. Resultó un desastre. El Madrid sólo ha funcionado a partir del momento en que Capello desliza su adiós, relaja las normas militares y repesca a las estrellas arrestadas como Beckham.

Y es que hay mucho de efecto, pero especial, en estos embustes publicitarios. Al final, sólo son reales los que vienen del pueblo. El efecto Anfield contra el Chelsea, por ejemplo. El efecto Riazor contra el Valencia, quizá. Esos sí. El resto es sólo pirotecnia para películas de fantasmas.


Rodri Suárez

(Publicado en La Opinión de A Coruña)

1 comentario:

Señor respetable con sombrero y bigote dijo...

También es importante tirar con efecto.
O que, en efecto, el Celta se va a segunda.
O que la garra de Caparrós es un efecto óptico.
Otra cosa es Taborda, que es un defecto.
Saludos, con afecto.